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Clarice Lispector, la escritora brasileña que desafió todas las estructuras.

Asomarse a Clarice Lispector es dar un salto, y como todo gran salto asusta y libera. Su obra, compleja y extraña, dejó huellas en la Literatura Latinoamericana, y hoy más que nunca parece señalarnos un camino. Clarice renegó de las estructuras que absolutizan y detienen los sentidos.

“La única estructura que admito es la ósea” decía ella, y actuaba y escribía en consecuencia. Acercarse a Clarice Lispector es entender que existe una forma diversa de estar en el mundo y en la vida, que es posible ocuparse de lo sencillo y cotidiano y de lo profundo a la vez y con la misma intensidad. Es encontrarse con un mundo a veces feliz en lo sencillo, a veces triste y doloroso, siempre raro.

Clarice Lispector, nace una escritora histórica

Clarice Lispector no siempre fue Clarice. Hace apenas un poco más de cien años, el 10 de diciembre de 1920, nació en Chechelink, una aldea de Ucrania a la que se refería como tan insignificante que no aparecía en los mapas.

Su nacimiento allí fue fortuito. Sus padres, Pinjas y Mania Lispector, junto a sus dos hijas, Elisa y Tanya, se encontraban huyendo de las persecuciones que sufrían por su origen judío, en búsqueda de un nuevo lugar para establecerse. Su tercer hija, nuestra Clarice, nació con el nombre de Chaya Pijosovna, y con una gran carga sobre sus espaldas.

Su madre sufría los achaques de una enfermedad que estaba deteriorando poco a poco su salud. En ese entonces existía una creencia muy difundida que sostenía que transitar un embarazo y el nacimiento de un hijo podrían curarla.

Fue así como los Lispector decidieron tener a la menor de las tres hermanas, y Clarice tuvo que crecer y convivir con esa responsabilidad asignada antes de nacer, y con la culpa por haber fallado en la misión tras la muerte de su madre cuando ella tenía 10 años.

clariceEn 1922, cuando Chaya tenía un año y pocos meses, la familia Lispector se instaló en Brasil, lugar al que Clarice sentiría pertenecer, aunque durante su vida adulta pasara algún tiempo viviendo en Europa y EEUU. Tras instalarse en Brasil, en un intento de acercarse a la cultura que los recibía, los Lispector tomaron nombres portugueses, y Chaya entonces se convirtió en Clarice Lispector. Pero incluso con este esfuerzo de adaptación su nombre jamás dejó de despertar curiosidad, e hizo que muchos creyeran que era un pseudónimo.

Su escritura comenzó casi como el juego de una niña con una vida interior inquieta que no podía dejar de fabular. En una entrevista dada pocos meses antes de su muerte, cuenta que desde el mismo momento en que aprendió a leer y a escribir, comenzó también a escribir pequeñas historias que nunca acababan. Con una timidez osada, según sus propias palabras, Clarice Lispector comenzó a mostrar al mundo su literatura publicando algunos cuentos en diarios y revistas regionales.

En una ocasión, Clarice Lispector envió algunos de sus escritos a una revista que seleccionaba cuetos de niños y niñas para su sección infantil. Sus textos fueron rechazados por carecer de una línea narrativa tradicional como las composiciones de los otros postulantes. Esta característica que entonces fue motivo de rechazo ha sido la marca de la obra posterior de esta escritora que ha cambiado para siempre la literatura brasileña. Clarice explora a fondo en la subjetividad de los personajes, especialmente de las mujeres, como nadie lo había hecho hasta ese momento. Sus novelas y cuentos se van tejiendo a partir de fragmentos ordenados más en torno a la construcción de una densidad psicológica que en torno a la organización de los hechos. 

 clariceMientras estudiaba Derecho en la Universidad de Brasil, en 1941 logró publicar su primer libro, “Cerca del corazón salvaje”. También por aquellos años de estudiante conoció a Maury Gurgel Valente, un diplomático brasileño con quien estuvo casada desde 1943 hasta 1959 y con quien tuvo dos hijos, Paulo y Pedro.

Ejerciendo a la perfección el incómodo papel de esposa del diplomático, Clarice dejó su amado Brasil para pasar largos períodos viviendo en Nápoles, Berna y posteriormente en Washington. Allí llevó una vida de privilegios que no soportó por sentirse domesticada, fuera de lugar y lejos de sus amigos.

Al igual que muchos de sus personajes femeninos, Clarice se sintió atrapada en un universo convencional que aplastaba la libertad de su espíritu. Es así que, tras 16 años de matrimonio, se divorció, dejó Washington donde vivía con su esposo y volvió a instalarse en Rio de Janeiro junto a sus dos hijos aún pequeños.

Luego del divorcio, y ante la necesidad de generar un sustento económico, Clarice, que ya tenía cierto reconocimiento, comenzó a publicar crónicas de temas y extensión variados en el Jornal do Brasil, uno de los diarios de mayor difusión del momento, ampliando y diversificando su público.

En estas crónicas se configura un espacio de escritura en el que Clarice lo mezcla todo: el mundo exterior y su más profunda interioridad, su vida familiar y la maternidad, reflexiones sobre la escritura y el lenguaje y sobre los hechos más sencillos de la vida cotidiana.

En un exquisito juego entre el ser y el parecer, por un lado rechazando la idea de considerarse a sí misma como una escritora profesional mientras que por otro lado se mostraba consciente de la complejidad de su discurso y de su lugar de mujer escritora, Clarice capta y toma las reglas del juego, del medio y de los géneros, y las transgrede. Esta estrategia le permitía ir ganando terrenos y espacios en los que el poder era ostentado por figuras masculinas. Clarice desborda y abisma el canon con el poder de su palabra. 

En 1964 publica “La pasión según GH”, novela que ha sido considerada su obra más lograda. Apenas abrimos este libro nos encontramos con una advertencia amable de la autora. Allí Clarice nos invita a leerlo sabiendo que “el acercamiento, a lo que quiera que sea, se hace de modo gradual y penoso, atravesando incluso lo contrario de aquello a lo que se aproxima”, como avisándonos que hay caminos que no son fáciles, pero quien se anime a ellos puede encontrar una “alegría difícil; mas alegría, al fin”. Y es que así es ingresar en el mundo Clarice: al leerla nos invade una doble sensación de incomodidad y deleite al mismo tiempo.

En 1966 un accidente marcaría la vida de esta escritora. Las pastillas para dormir que tomaba para combatir el insomnio causado por sus constantes estados de angustia hicieron efecto antes de que su cigarrillo se consumiera. Se desató un incendio, y en el afán de rescatar sus papeles, Clarice sufrió quemaduras en gran parte del cuerpo que la mantuvieron internada por varios meses. Su mano derecha se vio notablemente afectada y jamás recuperó totalmente la movilidad en ella. Las marcas y cicatrices que aquel accidente dejaron en su cuerpo afectaron su ánimo y su personalidad para siempre.

En 1977 Clarice publicó su última novela, “La hora de la estrella”, apenas meses antes de morir a causa de cáncer de ovario. La vida de Clarice se apagó el 9 de diciembre de 1977, un día antes de cumplir 57 años.

Esta autora renovó la literatura brasileña tal como se la conocía: renunció a las ataduras genéricas y construyó una narrativa intensa basada en historias mínimas en la que las sensaciones y afectos son protagonistas. A Clarice no le alcanzaba con la palabra recibida.

Ella necesitaba encontrar una voz propia para contar su forma particular de estar en el mundo. Transgredió patrones de poder que tienden a fijarnos en posiciones absolutas. Su escritura nos desafía y nos invita a reflexionar, sin imponernos nada pero sin hacer ninguna concesión. “O te toca o no te toca”, decía ella sobre su obra, y continuaba: “supongo que entenderme no es una cuestión de inteligencia, sino de sentir, de entrar en contacto”

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