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La danza clásica es una de las artes más bellas y conocidas de la historia. Y para sorpresa de algunos, o muy pocos, una de las más arduas y estrictas. No todo son sonrisas, movimientos gráciles y belleza, sino que, cuando el telón se baja y las luces se apagan, las bailarinas y los bailarines deben enfrentarse a una rutina y estructura rigurosa para lograr su objetivo en la danza.

Una novela que deja hechar un vistazo al mundo del bailarín clásico detrás del escenario es “Las bailarinas no hablan” de Florencia Werchowsky, escritora, periodista y directora escénica argentina, quien se formó como bailarina en el Instituto Superior del Teatro Colón. Ella, a través de un relato escrito en primera persona, cuenta, de una forma más realista y humana que The Black Swan o Billy Elliot, el trayecto que hizo por los pisos del Colón desde los de once años.

Las bailarinas y el sacrificio

Las bailarinas no hablan | Rock y Arte - Divulgación Cultural

Foto: A la izquierda, la autora de “Las bailarinas no hablan”, Florencia Werchowsky. A la derecha, la portada del libro de Werchowsky.

La exigencia en la bailarina, o el bailarín, comienza desde un temprano inicio. Debe cumplir una cierta altura, peso y contextura física. A raíz de esto, muchos bailarines son sometidos a dietas insalubres con el fin de llegar al “peso ideal” que les exigen.

Werchowsky en su obra menciona varias veces este tema, remarcando que “había chicas con tendencia a engordar que inventaban trucos desesperados para aliviarse gramos, como sacarse las horquillas del pelo o hacer pis a último momento; con el tiempo iban teniendo ideas más drásticas, como desayunar jugo de pomelo con laxante o, directamente, dejar de comer”.

Al pasar los años, estas exigencias realizadas con el fin de alcanzar la vara de la perfección, desencadena otros problemas como lo son la depresión, ansiedad y ataques de pánico. El no solo querer cumplir con las condiciones físicas termina en eso, sino que también las lesiones o el sobreesfuerzo al que se someten en cada clase, práctica y ensayo previo a una obra puede descarrilar y arruinar la vida de muchos bailarines.

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Foto: Darían Volkova

Si bien la vida de estos artistas está lejos de ser parecida a las escenas que nos tragicomedias como Ballerina o Billy Elliot, no quiere decir que no tengan tiempo para tener una vida propia fuera de los estudios con barras y enormes espejos.

Como relata Florencia en su libro, su vida no sólo se basaba en ir a las clases del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón y de ahí al estudio de “Madame Bovary” a realizar sus prácticas.

En su apretada agenda, tenía un huequito para su amiga, “Verón”, disfrutar de algunas de las experiencias que conlleva la adolescencia, y hasta enamorarse. Todo pese a la rigurosa vida de bailarina, ya que su vida no se simplifica a eso, sino que son seres humanos como cualquier otro.

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Foto: Darían Volkova

Los bailarines no se reducen a ser solo eso, bailarines. Son seres humanos, finitos, con sus imperfecciones, sentimientos y ambiciones como cualquier otro que no se dedica a este arte tan bello, pero dañino si se lo toma de una manera obsesiva.

“Las bailarinas no hablan”, a través de las distintas anécdotas, personajes queribles y pensamientos de la autora, permite al lector ver más allá de la figura ataviada en mallas, medias cancanes y zapatillas de puntas. Son personas, como cualquier otra, lidiando con un ambiente muy duro y peleas psicológicas más fuertes todavía con el fin de alcanzar su sueño y hacer lo que más aman.

Si bien Florencia Werchowsky tituló su obra “Las bailarinas no hablan”, a través de ella y sus palabras deja en claro que tienen mucho más para decir y contar acerca de sus vidas. Algunas bailarinas no hablan, sino que escriben sus historias, sus testimonios y sus vivencias.

 

 

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Estudiante de Periodismo en FCECS- USAL.
Lectora empedernida y amante de la cultura japonesa.

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