El fin del amor

Con un aire a Fleabag, entre estrellas de David y consoladores, El fin del amor nos cuenta una historia diferente. La de Tamara, quien deja a su novio sin explicación y en loop, esperando respuestas, mientras ella se zambulle de cabeza en la jungla de la soltería. Estrenada en Amazon Prime y basada en el ensayo homónimo de la escritora, filósofa y periodista Tamara Tenenbaum, fue adaptada a la ficción por la guionista, autora y directora teatral Érika Halvorsen. 

Tamara Tenenbaum, autora de El fin del amor

Ph: Revista Marvin

Manual de la pureza

En el piloto, hay un encuadre perlita. Tamara está leyendo el manual de la pureza, un texto religioso, relatado en off por una nena. Cierra el libro. Sobre él, la invitación en letra dorada a la boda de Sarita y David. La boda del conflicto, la que detona a la protagonista y la lanza en su aventura de la mano de sus amigas de El dorado, interpretadas por Julieta Giménez Zapiola y Vera Spinetta. 

La protagonista puede preguntar cuánto cuestan las sábanas a un hombre que le está haciendo sexo oral, por ejemplo. Junto a ella vivimos escenas como estas: una rabina mujer preside una boda, una chica se casa caminando por el altar de la mano de la madre.

Pero también es inusual que aparezcan en la ficción problemas como el costo del alquiler, el miedo a pedir un aumento, la menstruación, el acoso laboral.

Aunque los diálogos de los primeros capítulos sean un poco forzados, hay muchísima data que da cuenta del vértigo del Tínder y del mercado del deseo y del ghosting que todos en parte sufrimos.

No sos vos, es Tínder

Tamara (Tenenbaun, así se llama la protagonista interpretada por Lali Espósito, en un rol muy distinto al de su personaje en Sky rojo), va con sus amigas a un taller de Romeo y Julieta dialogado en clave trans, donde se encuentra con Ofelia (Mariana Genesio Peña). La serie aborda situaciones del nuevo paradigma del mercado del deseo sin perder humor: después de contar que se abrieron las parejas, en un taller de poliamor, comparten budines caseros.

Aquí se cuenta, desde una “mirada femenina”, una aventura en diez episodios. Es female gaze tanto por la forma en la que aborda y plantea los conflictos como por el equipo de trabajo, en su mayoría femenino. Las productoras ejecutivas son Érica Halvorsen, Lali Espósito y Leticia Dolera. Dirigen Leticia Dolera, Constanza Novick y Daniel Barone. 

Mi amiga ortodoxa

¿Se puede ir a buscar algo nuevo a un lugar viejo? Se pregunta Sarita, la amiga judía ortodoxa de Tamara. Tamara y Sarita muchas veces se complementan, como cuando compran juntas pelucas en Once. 

Sarita angustia a Tamara: tiene todo lo que ella hubiera tenido si nunca se hubiera ido. Tamara le aporta calle a Sarita, calle, metier sexual (“es como comprarse un par de zapatos nuevos”, le dirá sobre el sexo, para calmarla). 

El fin del amor

Sarita brinda a Tamara respuestas sobre judaísmo y la ayuda a reconciliarse con parte de la tradición. O a mirar los mandatos desde otro lugar («yo tendría una peluca para los días de humedad» dice Tamara, reinventando la norma de que las casadas ortodoxas deben usar peluca).

«Si quiere volver a ser judía hay que ayudarla», dirán sus amigas goi, confundidas. Pero Tamara reniega de las reglas y quiere su propia vida lejos de la comunidad y lejos de su novio (Andrés Gil), aunque también sienta nostalgia del pasado. 

Con producción ejecutiva de Érica Halvorsen (autora de Amar después de amar, El hilo rojo, Pequeña Victoria, Desearás y Whats’Up Mamis), cuenta la búsqueda de Tamara. Como en Poco ortodoxa, la serie habla de crecer fuera de la comunidad de origen, pero en otro registro. Con una banda de sonido muy arriba, con temas de Naty Peluso y de Nicki Nicole.

La James Dean femenina

Tamara buscó “sentir el calor de los caños de escape en las piernas, lo que sentís cuando no llevás esas polleras. Sentir Buenos Aires en la piel”. 

De estructura circular (la trama comienza y termina con un casamiento), es una comedia dramática de transformación y de reencuentro familiar en el Lali Espósito comparte escenas con Verónica Llinás -en el sólido papel de la madre- y con Candela Vetrano y Brenda Kreizerman como sus hermanas.

Las locaciones nos muestran al barrio de Once en todas sus luces y colores y le dan un color local que se agradece. 

Si en algunas partes los diálogos se ponen algo pretenciosos o muy cargados de teoría, las intervenciones del personaje de Ruth, la madre, ayudan a bajarlos.

Cansada de triunfar

Tamara encuentra un corset en la casa de su madre. Lo usó en su juventud para corregir su espalda torcida, era de plástico duro. Ella lo rescata y lo atesora como a un objeto valioso. Lo cuelga, decorado con luces, en el living de la casa de su abuela. 

Cuando le quitaron el corset, pensó que iba a sentir alivio, pero no. Extrañó su dureza, nostalgia por el borde. El borde de la religión judía, el límite del amor romántico, tampoco los tiene ahora. La protagonista salió de su comunidad religiosa (donde la creen drogadicta) y escapó huyendo como loca del amor. Ahora busca su lugar. Y lo hace con humor ácido. 

¿Tenés novio? ¿Conseguiste? El fin del amor | Rock y Arte - Divulgación Cultural

Exploradora del amor

Tamara es un personaje deseante. En esta ficción los personajes femeninos se representan de modo descarnado y realista, se habla de dinero, de costo de alquiler. Tamara no sabe cómo pedir un aumento, lo habla en terapia con su analista queer (Alejandro Tantanián).

Con letras de canciones que alimentan esta estética, con estribillos como “mi pussy es gourmet«, al fin aparecen temas como la menstruación, los vibradores, la copita, la maternidad problematizada, la anticoncepción, y todo sin perder el humor. Autora de los libros Reconocimiento del terreno (poemas) y Nadie vive cerca de nadie (cuentos), Tamara Tenenbaum hace una participación en la serie en el personaje de la rabina.

Con secuencias en cámara lenta, musicales y cuerpos que bailan y se tocan, con un psicoanalista que de noche es cantante queer a lo Almodóvar y de día es psicólogo. Se puede salir y encontrar un nuevo borde. Es un sinuoso camino de neón. Aunque también hay que pagar un precio.

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