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¿Cómo hablamos sobre las vacunas?

Surgen muchos debates alrededor de la vacunación; en épocas donde el avance de la posverdad es inminente, es preciso revisar las evidencias que tenemos disponibles al momento para tratar de entrar en contacto con la realidad que nos pone en común. Así, es necesario dejar nuestras creencias y opiniones de lado.

Las vacunas son preparaciones producidas con toxoides, bacterias, virus atenuados, o muertos, realizadas por ingeniería genética y otras tecnologías.

La grieta que separa a las personas en cuanto a su postura sobre la vacunación es cada vez mayor. Pareciera que las murallas para debatir entre “pros” y “antis” se refuerzan a cada minuto, lo cual supone un problema inmenso. ¿Cómo podemos abrir cualquier tipo de debate constructivo si de entrada pensamos que lo que cree el grupo que está de la vereda de enfrente está, a priori, equivocado? 

Por supuesto, no todas las personas se toman tan a pecho esta situación; algunas simplemente continúan tratando de absorber la mayor cantidad de información posible, en lugar de casarse con una u otra postura.

Por lo pronto, podemos reunir a las personas que están negadas a vacunarse en dos grandes grupos: por un lado, tenemos a las personas que quizás sienten algo de resistencia al tema de las vacunas porque no tienen a su alcance información que consideren confiable para terminar de definirse; y por el otro, están las personas que, efectivamente, se encuentran en contra de ellas, y militan la idea de que estas vacunas son dañinas para los integrantes de nuestra sociedad. Estos últimos son mayoritariamente conocidos como los “anti-vacunas”.

Inicios

Aunque para algunas personas el movimiento antivacunas pueda parecer algo novedoso a causa de los movimientos antivacunas contra el COVID-19, este fenómeno data de muchísimos años atrás. Las campañas antivacunación aparecieron casi simultáneamente con el surgimiento de las mismas vacunas.

Poco antes del inicio siglo XIX, Edward Jenner, un médico de las zonas rurales de Inglaterra, comenzó a realizar diferentes experimentos para combatir la viruela. A través de exhaustivos estudios metodológicos que culminaron en exitosos resultados, dio el puntapié inicial para lo que sería un posible comienzo para la vacunación generalizada. 

De la mano con este proceso, se comenzó a hablar de algo que iba más allá de la simple generalización de la campaña de vacunación: se puso sobre la mesa la obligatoriedad. En un marco donde hay personas que dudan, temen, o rechazan la posibilidad de inyectarse algo en su cuerpo en contra de su voluntad, la obligatoriedad ¿ayuda a estos grupos a sentirse más o menos seguros? ¿Habrá mejor o peor predisposición para vacunarse? ¿Se debe priorizar lo que un grupo determinado siente, o cree ante un problema de salud pública? 

Vacunas

Como consecuencia de la obligatoriedad, se formaron pequeñas organizaciones en contra, las cuales, tiempo después, terminaron formando la Liga Nacional Contra la Vacunación. Si bien este es el caso particular de Reino Unido, se pudo apreciar la repetición mecánica de este fenómeno en EE. UU. y diversos países de Europa. Incluso hoy podemos ver esta situación propagada a nivel global.

Evidencias 

Las vacunas son preparaciones producidas con toxoides, bacterias, virus atenuados, o muertos, realizadas por ingeniería genética y otras tecnologías. Su administración a las personas tiene como finalidad generar inmunidad activa y duradera contra una enfermedad, mediante la estimulación de la producción de defensas.

Al igual que todos los medicamentos, cada vacuna debe pasar por pruebas amplias y rigurosas que garanticen su seguridad, antes de ser introducidas en un programa nacional de vacunación. Incluso habiendo aprobado todas las fases, las vacunas nunca dejan de ser evaluadas.

Las vacunas forman parte de uno de los mayores avances en materia de salud, y si bien, en muy reducidas ocasiones, existe la posibilidad de tener efectos adversos, el daño colateral no es comparable con la magnitud de los problemas que aparejan la contracción de las enfermedades que buscan erradicar.

Aunque el consenso científico que avala la efectividad y seguridad de las vacunas es amplio, aún persiste una desconfianza generalizada alrededor de las evidencias presentadas por las voces autorizadas sobre este tema. La OMS define a la indecisión en la vacunación como una de las principales amenazas a la salud pública.

Creencias

El debate que gira en torno a la vacunación está bastante polarizado. Las redes sociales suelen ser los campos de batalla predilectos entre los “anti” y los “pro”; pero quizá la información a la que se accede por estos canales puede estar más influenciada por las creencias que por las evidencias. Tanto es el afán por desacreditar al “otro grupo” que a veces nosotros mismos caemos en el error de elegir la información que se condice con lo que pensamos, y descartamos la que no nos convence, sin tomarnos el tiempo de buscar respaldo de lo que consumimos.

Un posible ejemplo de esta situación se dio en 1998, cuando un médico londinense, Andrew Wakefield, publicó un estudió que adjudicaba una relación de causalidad entre la vacuna triple vírica (vacuna que se administra contra el sarampión, la rubéola y las paperas) y el autismo. El mismo aseguraba que 12 niños, que habían sido inyectados con esta vacuna, desarrollaron comportamientos compatibles con los del espectro autista.

Este hecho, por supuesto, despertó una gran conmoción social y aumentó el nivel de desconfianza en la población sobre las vacunas. A partir de ahí, continuaron haciéndose numerosos estudios para comprobar si este fenómeno era cierto. Finalmente, se llegó a la conclusión de que la información era errónea e incluso, la misma revista que había publicado el artículo terminó por retractarse. 

En un contexto donde la información obtenida suele venir de publicaciones en redes sociales con fuentes de dudosa procedencia, que se propagan a una velocidad abrumadora con un simple “clic”, ejemplos como el de Andrew Wakefield pueden gestarse y reproducirse todos los días.

La puesta en común

Cuando nos sentamos a buscar información, ¿qué estamos buscando? ¿buscamos evidencias que nos ayuden a entender la realidad que nos interpela con la mayor claridad posible? ¿o buscamos información que valide y refuerce las ideas que tenemos de antemano? Es difícil tratar de desvincular las creencias que tenemos a la hora de analizar los datos disponibles, Nuestro cerebro funciona así, y esta traba es la misma para todos.

Por lo general, todas las personas tienden a creer que son objetivas y que las demás no tienen la claridad suficiente como para ver el panorama completo que ellas, por supuesto, si ven. Es importante tratar de dejar los prejuicios de lado e intentar ejercitar una escucha activa, conocer los miedos y dudas de los demás, e intentar en conjunto buscar evidencias que nos ayuden a tener un mayor entendimiento de lo que pasa a nuestro alrededor.

A veces es muy difícil separar las ideas de las creencias de las personas; pero sería interesante poder hacerlo porque de esta manera podremos debatir ideas sin tener la sensación de que, cuando se cuestiona algo que decimos, se nos ataca a nosotros. Ahora, ¿tenemos la capacidad de no tomarlo personal?

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El debate solo puede darse en tanto y en cuanto las personas que debatan estén dispuestas a entender que pocas, algunas, o muchas de las cosas que creían con total seguridad, quizá no tienen sustentos tan sólidos. Incluso puede suceder que, las ideas que consideraban falaces, tengan mucho más respaldo del que creían.

El debate únicamente se dará de manera orgánica cuando en lugar de estar poniendo toda nuestra energía en cuestionar las ideas de los demás, cuestionemos las propias. Nosotros como pensadores críticos, ¿evaluamos la posibilidad de cambiar de opinión?

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