Patriarcado
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Luz, cámara… Patriarcado, ¿sos vos?

Cuando era adolescente, decía que no me gustaban las películas. Nunca había ido a un cine y no tenía televisor en mi habitación. Los relatos se me presentaban completamente lejanos a mi realidad, hasta rayar la inverosimilitud. El cambio se dio cuando conocí relatos audiovisuales que no se amoldaban a las estructuras clásicas ni a los estereotipos; cuando entendí que el cine pochoclero le hablaba a los varones cis-heterosexuales.

Históricamente, el cine fue creado por y para varones. Tanto detrás como delante de la cámara, e incluso en los asientos de las salas, los puestos han estado siempre ocupados mayoritariamente por ellos. Según la teórica británica Laura Mulvey, la representación fílmica de la diferencia sexual hace de la mujer un espectáculo, en tanto cuerpo embellecido y expuesto a la mirada del espectador.

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Asimismo, la misma autora es quien también afirma que el cine revela e interviene en la interpretación de la diferencia sexual que domina las imágenes y las formas de mirar. En consecuencia, en la pantalla grande, la imagen representada de la mujer es la de objeto erótico, tanto para los personajes como para los espectadores. Con un papel pasivo en la trama de las películas, siempre está amoldada a las acciones de los personajes masculinos. 

Las primeras mujeres del séptimo arte

Desde siempre, las mujeres han formado parte de la industria cinematográfica; sin embargo, nunca recibieron el reconocimiento merecido y su trabajo fue invisibilizado durante décadas. A pesar de esto, sus trabajos fueron fundamentales en el desarrollo de la actividad, ya que su ingenio y su audacia muchas veces dieron pie a las rupturas más importantes de la historia del cine.

Es así como la primera película narrativa de la historia mundial fue realizada por Alice Guy, quien, en 1896, dirigió El hada de las coles. Alice desempeñó su trabajo en el mundo de Hollywood, donde fue pionera en la utilización de efectos especiales. Sin embargo, a pesar de su copiosa producción, su nombre cayó en el olvido y sus cintas fueron perdidas, desestimadas, o atribuidas a su marido.

Lois Weber fue la primer mujer en dirigir un largometraje. En sus películas, abordó temas como el aborto, el control de natalidad, la pena de muerte, el alcoholismo y la drogadicción. Además, con su film Hypocrites (1915) marcó un hecho histórico al filmar el primer desnudo frontal de la historia. Por otro lado, fue Weber la primera mujer en tener su propia productora. 

En Argentina, Las Furias (1960) fue la primera película nacional sonora de ficción dirigida por una mujer: Vlasta Lah. Según expresa la cineasta Agustina Pérez Rial, “esta primera ficción doméstica cinematográfica realizada por una directora anticipa cierta voluntad de las realizadoras que surgirán a partir de 1995 de refundar narrativamente el espacio del hogar ampliando sus posibilidades significantes”. 

Asimismo en la década del ‘60, surgen las primeras escuelas de cine en Argentina y surgen nuevos modos de producción más alejados de la industria. A partir de aquí, comienzan las carreras de Lita Stantic -una de las productoras más exitosas de Argentina- y de Maria Luisa Bemberg. Por otra parte, hacen su ingreso al mundo del cine Eva Landeck y María Herminia Avellaneda. 

Bemberg, realizando una crítica a la sociedad patriarcal y aludiendo a reivindicaciones de la micropolítica cotidiana, fue quien incorporó la mirada femenina a la narrativa cinematográfica, marcando un antes y un después en la producción nacional. Entre sus películas más reconocidas se encuentran Señora de nadie (1982) y Camila (1984).

Las primeras realizaciones de Bemberg conforman una pintura de mujeres de clase media y alta con una existencia. En sus siguientes films, en cambio, universaliza el ansia de autonomía de sus protagonistas, llevándolas a enfrentarse con los poderes constituidos: familia, Estado, Iglesia. 

La cámara: un arma para tumbar el patriarcado

Teresa De Lauretis, teórica feminista, plantea el concepto de figuras de resistencia, en referencia a las representaciones que rompen con los cánones y estereotipos y que no tienen como objetivo satisfacer el placer masculino. 

En esta línea, múltiples cineastas se propusieron contar otro tipo de historias, donde el deseo toma múltiples formas, corriéndose de la heteronormatividad y ubicando a las mujeres, lesbianas, travestis y trans en una posición activa. Son productoras de su discurso y participan activamente de la trama narrativa. 

En las estructuras cinematográficas tradicionales, la estrategia fundamental busca hacer coincidir el ojo del protagonista, el de la narración fílmica y el del espectador, generando una ilusión de continuidad entre estos tres elementos. Pero, afortunadamente, cada vez más cineastas buscan romper con ese esquema, creando no solo estrategias para escapar de las construcciones cosificantes de los cuerpos feminizados sino también otras formas de experiencias visuales del goce.

Una de las pioneras en este sentido fue Agnès Varda. De la mano del cine experimental, planteó otra manera de hacer películas, a las que les imprimió un carácter realista y social, sin dejar de lado la lucha feminista en la que estaba comprometida, tomando como premisa que “lo personal es político”.

En una entrevista brindada a Fotogramas en 2018, la cineasta expresó  “si comparamos la situación de la mujer con la de principios del siglo XX, ha habido un gran progreso, aunque se puede discutir mucho al respecto. Y hay 50 veces más directoras que cuando empecé. ¡Pero no hay que parar!”.

En nuestro país, los mayores cambios se dieron con la llegada del Nuevo Cine Argentino. A finales de la década del ‘90 y principios de los 2000, junto con la crisis social y económica y la apertura de nuevas escuelas de cine, una camada de directoras y directores propusieron una nueva forma de contar historias.

Aquí se ubican las obras de Albertina Carri, Lucrecia Martel, Carmen Guarini, Ana Katz, Anahí Berneri, Julia Solomonoff, entre otras grandes realizadoras que se proponen representar el deseo, los vínculos y las corporalidades desde otro punto de vista, poniendo en jaque el sistema hetero-patriarcal de relaciones y representaciones. 

A su vez, es fundamental preguntarse qué sucede con las representaciones de identidades travestis, trans y no binaries. A pesar de los derechos conquistados por el colectivo, las identidades LGBTIQ+ siguen estando subrepresentadas en el cine nacional: pocas son las películas que abordan la temática sin hacer de ella un espectáculo o una parodia y menos aún son los puestos de trabajo que ocupan en la industria audiovisual.

Sin embargo, cada vez más cineastas asumen el desafío de cuestionar al sistema heterosexual. Por ejemplo, Canela (2020) es un documental rosarino que cuenta la situación que atraviesa la protagonista -una arquitecta trans- cuando considera realizarse la operación de reasignación de género. La cualidad de este largometraje es plantear la temática desde un lugar que se sale de lo solemne y lo trágico para encararlo con naturalidad, desde la cotidianeidad de la protagonista, sin caer en clichés ni estereotipos.

Lo que no se ve

En 2020, se estrenó la película Mamá, mamá, mamá. Su directora, Sol Berruezo Pichon-Rivière, quiso reflejar en ella cómo se corrompen las infancias a través de los mitos y las historias de terror. Para ello, la cineasta se inspiró en el clima de las reuniones entre su mamá, sus hermanas y ella. Por este motivo, decidió, para su ópera prima, conformar un equipo integrado completamente por mujeres.

El equipo técnico que está detrás de una producción audiovisual no es ajeno al discurso construido a través de ella. Por eso, al hablar de representatividad, es importante que la paridad de género también esté presente en el staff, para que el mensaje no sea emitido exclusivamente por varones. Además, hay una cuestión laboral: ellos tienen más posibilidades de acceder a un trabajo y son mejor remunerados. 

En los inicios del cine, las mujeres ocupaban los cargos de montaje, ya que se consideraba una actividad delicada, a la que podían adaptarse mejor que los varones. También se encargaban del vestuario y del maquillaje, por lo general.

A pesar de los múltiples cambios dados, en la actualidad, según un estudio realizado por el INCAA (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales), los roles técnicos más ocupados por mujeres son maquillaje y peinado, arte y vestuario, y donde menos participación femenina hay es en los puestos de sonido e iluminación. 

El meollo de la cuestión

Lo importante no es sólo de qué trata la película, si muestra relaciones no heterosexuales o si tiene muchas actrices que la protagonicen; además de eso, es central analizar dónde se ubica la voz que emite el discurso y qué posición ocupan las mujeres, las travestis, las trans, les no binaries en él.

Si son tomades como sujetos de deseo, si son nombrades, si poseen la capacidad de intervenir en la trama, si evitan reproducir estereotipos. Incluso, si los puestos de trabajo que se generan están repartidos equitativamente. Elegir consumir producciones que respeten genuinamente la igualdad es una posición política que aporta a la lucha cotidiana feminista y aboga por una vida más libre, donde otras maneras de desear, de vincularse, de expresarse y de existir sean válidas y exentas de violencias.

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