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Pedro Lemebel, la rebelión en taco alto

Figura multifacética, Pedro Lemebel lanzó un grito rebelde desde diversos lenguajes del arte. Fue un escritor, artista plástico y performer chileno que trazó otro mapa de lo real, el mapa de los siempre olvidados.

Nacido en un barrio marginal de los suburbios de Santiago en 1952, Lemebel, hoy uno de los escritores chilenos de mayor proyección internacional, generó desde los márgenes de la alta cultura un verdadero lugar de resistencia.

Sin pudor alguno para registrar el submundo, desarmó las lógicas de la exclusión e incorporó y puso al descubierto un territorio otro.

Pedro Lemebel, disruptor y controversial

Su mirada se construye desde las múltiples exclusiones que le tocó enfrentar a lo largo de su vida. Y fruto del dolor de esa experiencia es su solidaridad narrativa con los marginales, sus semejantes. Una solidaridad que no echa mano a eufemismos ni excluye cierto tono de burla cargado de crueldad.

Pedro Lemebel no observó con compasión, porque consideraba que de esa forma continuaría deshumanizando y excluyendo a aquellas minorías en lucha que no piden favores ni condescendencia, sino que buscan ejercer libremente sus derechos.

pedro lemebel

En una sociedad que sólo parecía admitir la diversidad para someterla a la peor uniformidad, Pedro Lemebel ejerce su derecho a ser diferente. Con un exceso irreverente, una palabra poética brillante que nace y se alimenta del ruido de las calles, y un humor ácido, se para frente a los peligros de tomar ese camino en tiempos de la dictadura de Pinochet.

En la vereda de enfrente de la cruel dictadura, también fue obstaculizada su militancia en la izquierda chilena que, en sintonía con la falta de sensibilidad de la época, seguía sosteniendo y reproduciendo atávicos prejuicios respecto de las identidades genéricas minoritarias.

En 1986, Pedro Lemebel se presentó en una reunión política de izquierda. Maquillado con la hoz y el martillo en su cara, y usando públicamente por primera vez sus tacos altos, Pedro leyó el que quizás sea su texto más emblemático: su Manifiesto “Hablo por mi diferencia”.

La fuerza de este manifiesto, de sus palabras insolentes y su acidez, trasluce la fuerza de su reclamo: “Defiendo lo que soy”, dice, y lo hace sin importar quién sea aquél que esté enfrente intentando impedírselo.

Al año siguiente, en 1987, crea junto a Fernando Casas el grupo performático Las Yeguas del Apocalipsis. Por aquél entonces, ellos no sabían que lo que hacían se llamaba performance.

Los movilizaba la urgencia de actuar y resistir, no las clasificaciones de las manifestaciones artísticas. Irrumpían en la vida chilena y en los discursos institucionales de los oscuros tiempos de la dictadura, con un miedo arrastrado por tanto tiempo que se convirtió en fuerza desestabilizadora y en deseo de libertad.

Tanta fuerza tuvo en la vida chilena de entonces este fenómeno de la contracultura, tanto era su poder simbólico, que en las calles de Santiago se rumoreaba que el grupo estaba conformado por decenas de artistas.

Hasta ese momento, Pedro llevaba el apellido paterno, Mardones. Pero por entonces decide abandonarlo y adoptar el apellido de su madre, Lemebel. Esta mudanza de apellido es un gesto de alianza con lo femenino y de rechazo a la misoginia machista.

Y es, sobre todo, un gesto de amor hacia su madre, Violeta, quien fue un modelo y un sostén para el autor chileno, y cuya muerte años después lo sumió en una profunda depresión.

Esta mudanza de nombre fue acompañada por una mudanza en su escritura. Hasta ese momento, Lemebel había escrito cuentos, pero entonces elige un nuevo género, híbrido y urbano, que rechaza las fronteras fijas e inmutables: la crónica.

Con la certeza de que la ficción literaria se escribía en Chile de espaldas a la urgente aparición de las voces reprimidas, Pedro elige la crónica que, en su inestabilidad, permite la aparición de discursos históricamente considerados ilegítimos y dejados por fuera de la cultura escrituraria.

Desde la crónica consigue narrar la fugitiva realidad de los marginales de Santiago, mostrando las costuras del orden establecido. Las crónicas de Lemebel recogen todo lo de la calle y se lo enrostra a aquel que pretenda ignorarlo.

En 1995 publica el primero de sus siete libros de crónicas, “La esquina de mi corazón”, una compilación de crónicas urbanas que ya habían sido publicadas en otros espacios. Al año siguiente, en 1996, inicia un ciclo radial titulado “Cancionero” en Radio Tierra, una radio feminista de vanguardia.

En este espacio radial Pedro leía sus crónicas ambientadas musicalmente, crónicas que luego conformarían sus libros posteriores.

Por su forma de construir sus escritos nacidos de la bulla de la ciudad, y por este vínculo con el espacio radial, toda la obra de Lemebel conserva los registros propios de la oralidad, y se rehúsa a la desaparición del punto de vista de las minorías.

En el lado opuesto del silencio de catedral de muchos escritores, el discurso heterogéneo de este autor puede pensarse como un ejercicio de sobre escritura de la intelectualidad y la alta cultura siempre tendiente a apartarse de los desafueros de la calle.

El mexicano Carlos Monsiváis define la obra de Lemebel como “una literatura de la ira reivindicatoria, de la experimentación radical y de la incorporación festiva y victoriosa de la sensibilidad proscrita”

Poniendo en escena no sólo los deseos catalogados como ilegítimos, sino también su satisfacción, Pedro desmantela el espacio siempre en el vértice de lo clandestino que los sujetos homosexuales ocupaban en las narrativas nacionales.

Con un exceso irrespetuoso de las buenas costumbres, acusado muchas veces de violento por sus temas, por su guardarropa alternativo de plumas, brillos y lentejuelas y por sus tacos altos que hacían crujir el suelo árido de una sociedad excluyente, Lemebel agregó libertades con el solo hecho de ejercerlas.

En 2001 publicó su única novela, “Tengo miedo torero”, llevada al cine años después de su muerte, en 2020. En esta novela hay una continuación de sus temas tópicos, en los que arremete contra la dictadura pero también contra la memoria selectiva sobre la que parecía construirse la transición democrática de Chile.

Este y cada uno de sus libros es un verdadero acto de memoria, un grito que retumba para no olvidar. Una grito que se alza en lucha para reclamar un lugar en el escenario público y en la agenda social y política para quienes siempre quedaban del lado de lo ilegitimo.

 En 2011 fue diagnosticado de cáncer de laringe. Al año siguiente, tras someterse a una primera operación, Pedro pierde parcialmente su voz, su herramienta para construir una realidad distinta. Una voz muy musical, tan cercana a los boleros que suenan de fondo en muchas de sus crónicas leídas en Radio Tierra, y que incluso nos parece oír cuando leemos sus libros.

Tras aquella operación, le queda una voz robótica, una voz sin voz que lo obliga a reinventarse, y lo logra. Ante una nueva amenaza de silencio, esta vez a causa de su enfermedad, Pedro dice nuevamente que no, y persiste, como el eco de un grito rebelde que dio décadas atrás y que siguió resonando incluso después de su muerte.

Pedro Lemebel muere víctima del cáncer el 23 de enero de 2015 en su Santiago natal, a los 62 años de edad.

Fue un feroz crítico político de su sociedad cuando pocos se atrevieron a serlo. El lenguaje de sus crónicas es un lenguaje abarrotado y excesivo, pero a la vez construido desde el rechazo a los misterios y a los eufemismos.

Pedro elige el uso más sencillo del vocabulario de las calles chilenas, y éste quizás sea su acto más provocador. Hace irrumpir en la escena literaria de Chile un rumor de época, un murmullo de insultos y agravios, y lo subvierte.

En sus crónicas se rebela el lenguaje. Pedro no se dejó vencer ni por injurias ni expulsiones, ni mucho menos con llamados a la resignación. Sino que defendió hasta el último día su derecho a ser diferente, su derecho a demostrar que existe, sin permisos ni perdones.

La obra de Pedro Lemebel es un ejercicio de crítica y de franqueza desde el leguaje. Es un grito y una verdad. Una verdad que camina en tacos altos.

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